En un día de Halloween y víspera de Todos los Santos, a las afueras de Moncada, el camposanto se alza como un lugar olvidado y sobrenatural
Construido en los años 50 para acoger a los vecinos difuntos desplazados tras la construcción del embalse de Benagéber, el cementerio de San Isidro ha pasado cerca de sesenta años en el olvido, sin recibir jamás un solo cuerpo.
Como si de una historia de Halloween se tratase, el camposanto sigue ahí, un escenario desolado donde no hay ni muertos, ni luto, ni descanso eterno. Su existencia es la historia de un lugar al que hasta la muerte parece haber evitado.
Con dos pequeños edificios y una capilla que nunca ha sido usada, el cementerio de San Isidro; con sesenta nichos tapiados vacíos y cubiertos de grafitis; sigue viendo pasar la inmensidad del tiempo sin visitas.

Una sensación de vacío casi sobrenatural
La historia de este cementerio sin muertos está marcada por un destino de exilio. En los años 30, el gobierno de la República firmó el acta de construcción del embalse de Benagéber, forzando a los habitantes de este núcleo a desplazarse.
El Instituto Nacional de Colonización se encargó de crear un nuevo asentamiento en la Finca Moroder de Moncada, donde levantó casas, una iglesia y un cementerio para los colonos, el actual San Isidro de Benagéber.

Sin embargo, cuestiones parroquiales dictaron que los vecinos de esta pedanía enterraran a sus muertos en el cementerio de Moncada. Así, el camposanto de San Isidro quedó olvidado y nunca cumplió su propósito.
Hoy, este cementerio es un lugar que parece desafiar el paso del tiempo, aislado y misterioso. Quizá por eso, hoy día de Halloween, su figura cobra un aire aún más tenebroso, como un recordatorio de que el verdadero olvido no siempre llega con la muerte, sino con el abandono.

Descubre más desde Moncada al Día
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.



